Cállate. No hables más de la cuenta. No me digas que nos tenemos que aclarar. No digas lo que no sientes, ni lo que sientes. No hay que rellenar ningún cuestionario firmado por algún funcionario de la burocracia, donde se especifique nuestro estado civil. No hay que hacer tediosas presentaciones en sociedad. No hay que poner nombre a lo que no lo puede tener. No te hagas valiente poderoso cuando no hay más que ser un niño. No me des-cifres con tópicos inhumanos de tiempos pasados.
Si lo haces, probablemente, confuso, escogerás las palabras incorrectas o peor, yo, malinterpretaré aquello que no supiste decir. Las palabras condecoran nuestra vida, a veces la ensalzan, pero la mayoría de las veces, nos destruyen. Vivir en la utopía de la libre interpretación de los actos me hace sentir que yo soy la dueña, al menos, de mi mundo.
No busco sinceridad sin construcción posible; por eso: cállate y no expliques lo que es, porque si lo es, es inexplicable.
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