Con los primeros rayos de sol se entrevé en la tierra mojada
los indicios de unas yemitas, que con la luz del sol, sin que la noche engañara
a nuestros ojos, serían verde intenso.
Son pequeñas proliferaciones cargadas de futuro, y de vida. Las leyes naturales
conceden una serie de pautas y de indicaciones para su crecimiento. A un ritmo
muy concreto forman sus raíces, que las mantienen sujetas a la tierra, al
sustrato de la realidad. Pero mientras, crecen en dirección al cielo, hacia una
proyección estelar.
Son puntos en un abismo infinito del infierno, donde puedes
apoyar un brazo en caso de necesidad. Son un respiro de la oscuridad.
Captar la perfección de la máquina interrelacionada más pura
no es fácil. El exquisito entramado que conforma la naturaleza en sí misma, con
sus seres vivos y sus seres inertes. Sus días y sus noches. Como una proteína
en su conformación de tercer y cuarto grado en las que los planos se superponen
unos con otros, en las que todo se hace una madeja, para luego desnaturalizarse
para siempre.

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