No se si estoy contenta o triste. Nostálgica diría yo. Hoy es uno de esos días en los que volvería a Wellington.
Una casa en un barrio cualquiera, en una gran ciudad, en cualquier circunstancia. Difícil de distinguir de la casa de su derecha o de su izquierda, pero única por lo que significó.
Un proceso de cambio tan intenso que fue invisible. Entré siendo alguien que abandonaba su vida a cambio de nada, algo bastante absurdo. Entré soñando lo que sería o dejaría de ser; lo que sentiría, a quien conocería, lo que aprendería y preguntándome donde narices acabaría todo esto.
Pasé de fingir a ser lo que fingía, de la noche a la mañana.
Pasé de desear ser todo a preguntarme por qué no era nada.
Pasé los mejores y los peores momentos de mi vida.
Cuando cerré su puerta para siempre no pude creerlo.
Como un flashback todo se sucedía en mi cabeza. Esas primeras noches, y las que vinieron a continuación al calor del horno de la cocina. Llegar a casa molida pero no importarme, hablar, hablar, pensar. Reencontrarme con una de esas personas que no esperas volver a ver en la vida, irte a Kentish Town. Marcar nuestras alturas en la puerta y tener el utópico sueño de irnos a vivir juntos. Me encanta recordar fifteen, y la familie.Té soluble o Nesquik. Drogas. Mi jefe me trae a casa. Lewisham. Clinique. Estúpida estación de Waterloo East.
Me quedo con todo y con todos. Fue mi camino para llegar y para marcharme pronto. Es lo que siempre hacemos las personas que no pertenecemos a este mundo, ni queremos.
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