domingo, 25 de noviembre de 2012

El momento.

Cuando de niña leía, aprendí a idealizar el amor. Creía en un amor sin barreras, libre, loco y apasionado. Apostaba por un amor estelar más allá de los astros, del tiempo y del espacio.
Las primeras experiencias propias fueron tan efímeras que cumplieron los objetivos platónicos y románticos del sufrimiento de los quince años. Un amor pasajero, un hasta siempre amigo.
No se si esta es la razón del inconformismo o si me conformé sin darme cuenta. Cuando llegó el amor cotidiano ni lo ví, ni supe apreciarlo. No entendí que el amor a veces no es romántico y que la rutina de dormir acompañada puede ser maravillosa. Me costó aceptar que se puede enloquecer y morir, de amor, de mil maneras diferentes y que todo lo que nos separa une a nuestras almas. Que todo empezó como un juego y ahora, me doy cuenta que me gusta ser libre a su lado sin perder mi norte.
Ya no importan las historias de los libros, prefiero no tener palabras, ni razón, ni expectativas prefabricadas.

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