Las yemas de sus meñiques se escurrieron rozando su tez. Avanzaron desde su clavícula hasta sus caderas mientras dibujaban caracolillos sin fin. Sus bustos palpitaban y sus muslos se confundían. Aquel ático de la capital, era tan helador que cualquier murmuro se convertía en un soplo de calor, visible en el vapor efervescente de sus alientos. Pero dentro de los límites del colchón, todo era diferente, en la calidez de las dos figuras, contorsionándose de una forma armoniosa y complementaria. La reducida atmósfera que habían creado los cuerpos bajo el edredón era sutil como un guiño y ardiente como una pequeña estufa. Desplomarse. Ceder al abismo. Notar cada una de las partes de su cuerpo por separado y formando un sistema y cúmulo concentrado. Era como sí la gravedad se hubiese multiplicado, todo pesaba más, la cabeza, el tronco, los brazos y las piernas. La voz balbuceante se entrecortaba como por cuchillas del frio que hacía más allá de las sábanas.
La temperatura de la piel virgen, sin disfraces ni complementos, emanaba entre los mullidos almohadones, colchas y mantas. Los delicados tejidos y los satinados cuerpos de la juventud de los veinte años se fundían en la desnudez. Aparecía el profundo aroma del cannabis quemado. El olor era afrodisíaco y mordaz. El humo se fundía entre sus bocas, sus labios se confundían al encontrarse, fingiendo casualidad. Los parpados, torpes, casi tapiados, hacían que su sensibilidad creciera exponencialmente hasta convertirse en la más pura ternura. El sensual ritmo de Frank Sinatra se oía más vivo, y más íntimo. Las almas, se abandonaban al universo de la sensación más plena, sin que ninguno sobrepasase las delimitadas fronteras del edén de su cama.
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