Encuadrado en malva el torso de una mujer se perfila. La
boca entreabierta delicada susurra en silencio. Espera ser besada, o a ser
callada por un beso. Su cuello estilizado conduce hasta un escote bien formado.
Acércate a oler su piel, es tan fina que huele a sol de mañana. Es tan suave
que un escalofrío adictivo recorre la espina dorsal de cualquiera que se atreva
a hacerlo. Cierra los ojos para sentirla, tócala sin las manos. ¿No es
electrizante la frescura de los poros de su piel? ¿No es inquietante su
confianza sobre el universo de los cuatro ángulos?
Una arandela embellece su nariz, finas olas del Mediterráneo
sus pequeñas orejas. Las clavículas la feminizan para hacerla seductora de las
mentes sedientas de sensaciones. Probar. ¿Cómo sabe su nariz? ¿Cómo sabe su
boca? ¿Cómo sabe su cuello? ¿Sus pechos? ¿Sus manos? Agrio, fresa, dulce, seco
y café. Huele a mariposa.
Podría ser cualquier mujer, podrían ser cualquiera los ojos
que pongan alma a este cuerpo. Por eso el misterio codifica la escena. Obtenemos
su esencia de piel joven e inmortal, de piel tersa como un guante de fibra
sintética. Rellenemos un pequeño frasquito de perfume sin etiqueta. Es ahí
donde reside la elegancia de polvo de estrella. Ábrelo cuando tú quieras. Es
ahí donde reside el misterio que enloquece a las mentes. ¿Qué hay más allá de
tal enfoque? ¿Qué esconden unas manos? ¿Qué esconde lo que no ves?
Maravilloso
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