Cuando todas las teorías que responden a mi espíritu acaban en amor, yo, yo no acabo más que en mis excusas. En las evidencias malas que me llenan de prejuicios y miedos y que me hablan de todo lo que podría salir mal. Me sigo sorprendiendo a diario lo poco que conozco el interior de la mayoría de las personas y lo poco que me gustan esas puntas del ice-berg, y en general lo mucho que me aburren las palabras vacías que están de moda. Pero sobre todo, lo que ni siquiera esbozo es lo que ignoro de mi propio pestañeo.
En ocasiones pensar en lo efímera que es la vida me da fuerzas para seguir en la marcha, la insignificancia de mi ser me hace sentir grande porque me libera de todo lo demás. Me dejo ser esclava de mi infraestructura invisible e inventada para ser más libre de las preguntas que me acosan. De los amigos que ni siquiera puedo cuidar. Dejarme pensar en las obligaciones de horarios y de reloj me hace ordenar un mundo que no existe y que crea tierra bajo mis pies. Siento la fuerza de la gravedad, siento como la fuerza física más pura del centro de nuestro verdadero Universo tira para mí y me retiene contra ella. Ni mi madre pudo nunca atarme de tal manera. Y ahora, de nuevo llego y de nuevo traigo la muerte conmigo, o a mi espaldas. No es oro todo lo que reluce, ni la buena suerte algo que se pueda tocar. Si ni en las buenas estuve, como coger el tren de las malas y colmarte de besos y de buenas excusas. Excusas de restaurante, excusas de una buena conversación. Excusas de descolgar un telefóno porque nadie se atreve decir me gustaría dormir contigo.
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