Una vez estaba en un mercado artesanal, en uno de esos que huele fuerte a un todo mezclado, en lo que todo es bonito -y demasido caro para mi bolsillo, en esos en los que detrás de cada puesto hay un viejo adorable. Era el primer día de primavera con vestido y sin medias, hacía sol y llevaba una chaquetita colgada del bolso. Como siempre, reflexionaba sobre qué haría si tuviese todo el dinero del mundo, y me imaginaba que me podría comprar todas las cosas que me encantan y que no sirven para nada. Esta es la mejor terapia de cualquier pobre consumista. Me compraría libretas, bolis, pendientes, pañuelos, perfumes, jabones y haría regalos todo el tiempo... Sin embargo, no iría a la Calle Serrano a comprarlo si pudiese dar antes una vuelta por el Rastro, o por cualquier otro mercado artesanal de esos que huelen fuerte a un todo mezclado. O a lo mejor es un tópico que todos los pobres decimos y luego se nos olvida cuando somos ricos. Vaya cosas absurdas.
Entonces me paré en un puesto, había un viejito con arrugas de historia de esos que si no le hago una foto me da algo. En estos casos obligatoriamente tengo que hacer la foto. El puesto era de prendas de punto, blancas impolutas, croché y ganchillo. Me detuve y vi unas braguitas preciosas. Y digo braguitas porque a una cosa tan bonita no puedo llamarlo bragas y estropear su belleza. Qué ribetes mas sencillos y bien hechos, pequeños bordaditos y un lacito que terminaba de coronar el elastico superior en el centro. Estaba a punto de atreverme a escuchar el precio y a pagar lo antes posible para que me doliese menos, y entonces, el viejito me dijo que habían sido hechas a mano. 'Hechas a mano'. Me paré en seco, me congelé, la mano no podía salir de mi monedero. Hechas a mano, volví a pensar. ¿Y qué manos las han hecho? -pregunté. Mi mujer, respondió el viejo, y me enseñó una foto. Era una abuela, abuela de esas que te compran chucherías y te comen a besos.
Yo no podía comprarme aquellas braguitas. Era absurdo, alguien, una abuela, las había hecho con sus manos de amor, y había hechos los ribetes, y los bordados y hasta el lazo del centro, y a mí solo me las iba a quitar alguien sin cuidado, que no me querría y que nunca miraría las braguitas. Probablemente en un lugar oscuro, deprisa y corriendo, sin hablarme, sin mirarme, sin saber quien soy o pensando que soy otra persona. Era tan absurdo como un día de viento con falda y como las pestañas pelirrojas. Eran tan bonitas que no me las pude comprar.
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