miércoles, 13 de agosto de 2014

Fotografía

Inevitablemente, en ocasiones, echo de menos muchas cosas, sobre todo las que me hicieron daño. Las que me resquebrajaron, las que me hicieron humana. Miro para atrás y me alegro de todos aquellos que me arañaron el corazón, de los que me curaron, incluso de los que me lo arrancaron. De ellos, de los despiadados, saqué lo mejor de mí. Me empujaron a ser lo que soy ahora, me llevaron al arte, y al interior de las personas.
Interpuse una barrera después de creer y haberme asegurado que ciertamente el amor no existía, por muchos puntos de vista que buscase. La cama vacía me aterrorizaba, y las tardes vacías, y las noches a oscuras. Mi cuerpo, y mi mente, seguía pensando y precisando de un conjunto que ya no estaba y que no entendía. Alguien me dijo que duele más de lo que parece y que pasa antes de que te des cuenta, pero a mí ese consuelo escrito no me parecía más poético que cierto, y más mentira que una flor de cementerio. Me estaba carcomiendo por dentro, escribía poesía mental de queja y de lamento a todas horas, rememoraba los cafés de la mañana, un mundo injusto por el que luchar, los paseos por la isla y nuestros rincones de Madrid. Hasta de las frías e inacabables noches de aquel ático que no trajo más que desgracias y en el que fuimos muy felices. Y supongo que esto es lo que tenía que pasar. No podía quedarme para siempre siendo feliz, porque la felicidad es el engaño de la presencia.
Probablemente este tema debería de estar zanjado pero nunca había tenido una decepción de esta envergadura. Ya no era yo. Mis principios y en todo lo que yo creía se había esfumado. Estaba desnuda y sola. Sola. No veía a nadie a mi alrededor.
Gracias a la fuerza o la energía que me movió a encontrar en una cámara de fotos un amigo, una nueva forma de gritar en silencio, un nuevo compañero de vida. Gracias a tú desgarro de mi corazón. Gracias por la decepción, por las lágrimas y todas las botellas de vino que me bebí. Gracias al sonido de los fosfatos de los cigarrillos al arder frente al ordenador que me inspiraron a seguir escribiendo. Gracias a la vida. Gracias por no ser feliz, eso, eso me ha hecho más feliz aún.


A los amigos de tradición, les agradezco las bases que hicieron posible fundar mi historia, pero de ellos tengo que estar lejos porque mi alma no es libre, y solo se queda. Se petrifica. Quizá si me quedo empiece a ser feliz y a hacer paella los domingos. Dios me libre.

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