miércoles, 13 de agosto de 2014

Morir siendo inmortales

Los viejos se inventaron el tiempo. Intentaron convencernos de lo que ellos carecían y lo que a nosotros nos hacía poderosos. Los viejos nos hablaron de que nada era eterno sin saber que nosotros éramos inmortales. Y cuando nos lo creímos, tuvimos miedo de perderlo. Comenzamos a oír las manecillas y el toque de las horas y empezamos a agarrar el tiempo con los dientes, por si algún segundo se escapaba. Comíamos relojes para ver si las horas crecían en nuestro estómago y hacíamos días, semanas y años, lustros, décadas y siglos. Pensábamos que el aburrimiento era el compañero de la procrastinación, los horarios y las etapas marcaban con vaguedades cada segundo de nuestra historia. Teníamos miedo de morir habiendo perdido el tiempo siendo inmortales. Creamos horarios, creamos ocupaciones del divino tesoro, era un bien tan grande que no podíamos aprovecharlo, porque no lo conocíamos. Incluso algunos decían ¡el tiempo es oro! y nosotros vendíamos nuestro alma por algo que brillaba. Se nos salían los ojos de la esfera, el corazón nos latía más fuerte con los dígitos y después de comer relojes y de criar segundos, y minutos, lo vendíamos a cronómetro. Y sí, los viejos nos convencieron, nos engañaron. Vendimos nuestra inmortalidad por un pedazo de vida en la Tierra a precio de milisegundo. Si es que eso tiene precio.

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